10 jul. 2012

Una rebanada de Dios se pegó a su rostro
e intentó huir de todos sus pasados, paso a paso, tras un bosque.
Dios flameaba en sus párpados, sus manos eran de saliva,
su lengua ardió como una vieja zarza y buscó la ceguera.
De su mentón goteaban ácidos y volaban pequeñas moscas escarlatas,
su nuca daba vueltas y vueltas, con su traje de abdómenes silenciados.
Estiró sus dientes, los estiró más y mordió el gajo de deidad,
Dios era salado, picante, difícil de tragar, se pegaba a las muelas,
sus orejas acudieron a rehacer aquello que se llevó la mordida.
Cercenó cualquier imagen de esa parte de dios en su rostro,
no sabía que era madera la que soportaba su espalda atragantada,
su rostro dolía más que cualquier metal que besara el hueso.
Consiguió afilar sus tiernas pestañas, oscuras, inútiles para sus pupilas secas.
Abrió y cerró los ojos mil años o más, alas de colibrí, repitió y repitió,
sólo deseaba herir, arrojar un firmamento doloroso a su creador
Recordó los doce rostros sin saber los nombres, su paladar caía poco a poco.
Recordó también que el frío lastima más que lo que arde y crepita,
recordó cada tono que forma un latigazo y la brisa escarmentada.
Sus labios se unieron para no separarse jamás, su nariz poco importaba,
imaginó un enorme ejército de felinos, imaginó sus dientes transparentes,
invadieron su nuca y su garganta un millar de palabras minusválidas,
los músculos de su mandíbula nadaron hacia una costa de pezones
Imploró sin palabras que le dejaran dormir, nadie se animó a despertarlo,

allí quedó
solo, tibio,
inmóvil sobre la tierra, esperando a los hambrientos.

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